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Cielo del poniente


Lejos, lejos… Se queman nuestros dedos en esa costumbre tan aborrecida de separarnos. Como si fuéramos dos, como si fuera posible decir dos. Nos arrojamos a la cortina de niebla que propone reparar algo que nunca se rompió (ya vino así, es decir: roto). Ahora bien, sigo instalada en esa bellísima dialéctica de tu lengua, esa que nunca pudiste enunciar porque el precio es el dualismo. Y no dejas de hablar una distancia que me está corrompiendo los ojos, deberías verlos y acariciarlos con tus manos, deberías acunarlos con tus delirios frenéticos, llenarlos de voces imprudentes. Estar aquí o allí es imposible. Estar en mí es una coherencia insoportable. Estar en ti convoca la locura de escribir tu cuerpo. Entonces, mi querido ser inescrutable, mejor fúndete y devórame los ojos, para siempre.

Jimena Marcos

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